Tribuna: La impunidad del que abusa
Sería de esperar que ante el conocimiento de un abuso -de conciencia, de poder, financiero e incluso de tipo sexual- las personas pudieran actuar para detener este tipo de comportamientos.
Esto porque el bienestar social descansa sobre todos/as nosotros, pues somos personas que dependen unas de otras.
Por ejemplo, si a mi vecino se le ocurre quemar el pasto existiendo prohibición de hacerlo, tendremos una alta probabilidad de que el fuego salte a otros terrenos, pues el fuego no respeta los títulos de dominio: va allí donde le guíe el viento.
Y si una familia quiere aprovechar el estero Fortín para bañarse, pero en un extremo alguien tira basura o los excrementos de animales; de seguro que los bañistas desconocedores de las malas prácticas de sus vecinos tendrán una terrible alergia en la piel.
Para bien o para mal, queramos o no, dependemos unos de otros.
Esta afirmación debiera ser suficiente para asumir nuestra responsabilidad: el bienestar social descansa sobre nuestros hombros.
Pero no seamos ingenuos, el mal tiene hombres y mujeres que lo animan. Personas que bajo el manto del "yo no sé", "no es mi problema", "yo no sabía", "no fue tan así", o la peor frase de todas: "eso ya pasó", intentan esconder y minimizar las fechorías.
Rebelarse ante el abuso no es tarea fácil. Y conocer en detalle el acto miserable no es suficiente. Hace falta un espíritu divino que inspire, que guíe el tortuoso camino en dirección a la justicia.
Además, ese espíritu debe multiplicarse, no habrá cambio si anida en el corazón de un llanero solitario.
La impunidad seguirá allí donde la gente no se haga responsable del bienestar social, mientras siga creyendo que esa tarea depende de otros/as y no de sí mismo.
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