Poesía para el alma: Nieve de viernes

 

Nieve de viernes

Hay cosas que hacer — como arrastrar una gran bolsa negra de plástico por los cuartos del segundo piso, y vaciar en ella todos los basureros; la basura de tres vidas acumulada durante una semana y algo. Soy meticuloso y me tomo mi tiempo en esto, para que esta pequeña tarea desplace a las más importantes. Pero dejo la bolsa tirada en el piso y entro al dormitorio de mi hija, a la luz del norte que entra en las mañanas por su ventana, y mientras en este minuto ella está en la escuela, contando o deletreando una primera palabra útil, me siento en su cama desordenada y miro por la ventana a la nada por un rato, los edificios inmóviles —una casa y una iglesia— en la calle fría.

Ahí, un joven moreno baja lentamente por la  vereda blanca con una pala para nieve al hombro. Usa un abrigo delgado, y un gorro para ducha bajo un sucio sombrero azul de marinero, y en una casa donde no han limpiado la nieve de la vereda, sube los escalones, toca el timbre y se queda esperando, con los ojos cerrados y medio de lado para evitar el viento. Entonces se despabila y murmura algunas palabras que no alcanzo a oír a la puerta que no se abre, y asiente con la cabeza, con ese amable gesto de despedida que usa habitualmente como un disfraz, y baja los escalones y va hacia la siguiente casa. Todo esto en pantomima, como yo lo veo a través de las ventanas cerradas contra el invierno, contra los débiles sonidos del invierno.

La alcancía de cerdito vizco de mi hija también mira fijamente, y en su panza hay cuatro billetes de dólar que llegaron de uno en uno de su abuela y que mañana sacará por un agujero tapado con un corcho. (No es de las alcancías que tienes que esperar a llenarlas para vaciarlas porque para vaciarlas hay que romperlas) Mañana ella se comprará un mueble pequeño perfecto para su cálida y bien iluminada casa de muñecas donde nadie está cansado o débil y donde el viento no puede entrar.

Sentado sobre su cama, mirando hacia afuera, no vi a ningún niño lisiado, envuelto en un abrigo, sin escuela o que incluso hubiera sido expulsado de su casa por un rato, o a una mujer ciega con quemaduras o a un veterano calvo y enfermo — ese tipo de personas que podrían haber pasado encorvados por lo que les ha pasado y les seguirá pasando. La mayor parte de la cojera no es por el dolor físico —  el dolor se va, pero la pierna sigue torcida; la alcancía y yo solo vemos a este joven con todas sus capacidades cuya espalda recta nadie necesita.

 Cuando finalmente pasa por donde puedo verlo, siento como si una especie de música se hubiese detenido, y todo queda más silencioso que antes, un vacío más que una quietud, y me levanto de la cama arrugada y estiro las cubiertas, lenta y cuidadosamente,  y miro la habitación buscando algo más que ordenar o recoger, y tomo un billete de dólar arrugado de mi bolsillo, lo pongo en la alcancía y salgo.

 

Traducción por Jairo Troppa


Versión original

 

Friday Snow

Something needs to be done—like dragging a big black plastic sack through the upstairs rooms, emptying into it each waste basket, the trash of three lives for a week or so. I am careful and slow about it, so that this little chore will banish the big ones. But I leave the bag lying on the floor and I go into my daughter’s bedroom, into the north morning light from her windows, and while this minute she is at school counting or spelling a first useful word I sit down on her unmade bed and I look out the windows at nothing for a while, the unmoving buildings—houses and a church—in the cold street.

Across it a dark young man is coming slowly down the white sidewalk with a snowshovel over his shoulder. He’s wearing a light coat, there’s a plastic showercap under his dirty navy blue knit hat, and at a house where the walk hasn’t been cleared he climbs the steps and rings the doorbell and stands waiting, squinting sideways at the wind. Then he half wakes and he says a few words I can’t hear to the storm door that doesn’t open, and he nods his head with the kindly farewell that is a habit he wears as disguise, and he goes back down the steps and on to the next house. All of this in pantomime, the way I see it through windows closed against winter and the faint sounds of winter.

My daughter’s cross-eyed piggy bank is also staring out blankly, and in its belly are four dollar bills that came one at a time from her grandmother and which tomorrow she will pull out of the corked mouthhole. (It’s not like the piggy banks you have to fill before you empty them because to empty them you have to smash them.) Tomorrow she will buy a perfect piece of small furniture for her warm well-lit dollhouse where no one is tired or weak and the wind can’t get in.

            Sitting on her bed, looking out, I didn’t see a bundled-up lame child out of school and even turned out of the house for a while, or a blind woman with burns or a sick bald veteran—people who might have walked past stoop-shouldered with what’s happened and will keep happening to them. So much limping is not from physical pain—the pain is gone now, but the leg’s still crooked. The piggy bank and I see only the able young man whose straight back nobody needs.

            When he finally gets past where I can see him, it feels as if a kind of music has stopped, and it’s more completely quiet than it was, an emptiness more than a stillness, and I get up from the rumpled bed and I smooth the covers, slowly and carefully, and I look around the room for something to pick up or straighten, and I take a wadded dollar bill from my pocket and put it into the pig and I walk out.

 

Reginald Gibbons:

(1947) poeta, escritor de ficción, traductor y crítico literario estadounidense. Es profesor de la Universidad Northwestern. Gibbons ha publicado numerosos libros, incluyendo 11 volúmenes de poemas, ha realizado traducciones de poesía del griego antiguo, del español y del ruso.

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