Injertos y podas en el árbol de la familia Colihueque
Las raíces que sostienen a la comunidad Domingo Colihueque,
al menos las que están documentadas y la mayor parte de la familia conoce,
inician en Domingo Colihueque y Senovia Caniullán. Más allá de esa pareja
inicial, no hay registro ni memoria.
Por fortuna, el acceso público a los Títulos de Merced,
disponible en página web de Conadi, ha permitido a sus descendientes conocer un
poco de su historia y tener un punto inicial donde comenzar a investigar por
qué vivimos en este punto del planeta, en Kilamari.
Ese documento guarda también cosas interesante, por ejemplo
el nombre de la primera mujer de la familia, Emilia Colihueque, que heredó
tierra para ella y sus hijos. Allí están además, los límites del territorio al
que fueron arrinconados nuestros parientes antiguos, y que a pesar de muchos
esfuerzos, los contemporáneos seguimos perdiendo, como el caso de Francisco
Colihueque, el tío Pancho, que por generoso y bonachón, perdió varios metros de
tierra.
A mediados de este año, nuestra comunidad elaboró de manera
conjunta el árbol genealógico, que de manera similar a la naturaleza, dibujamos
simbólicamente desde abajo hacia arriba, ubicando a Domingo y Senobia en la
base, en las raíces de quienes somos y desde ahí trascendiendo en esta vida, en
constante expansión, sus hijos, nietos, bisnietos y tataranietos.
Una vez terminada la empresa, cuando el diseño estuvo
terminado, logramos ver de qué forma estamos emparentados. Aparecieron tíos,
primos y sobrinos.
Surgieron algunas anécdotas interesantes, por ejemplo
alguien se dio cuenta que su padre era también su tío; o que su padre llevaba
el mismo nombre que su bisabuelo; que el vecino de la otra punta de la
comunidad era su pariente lejano y que a la larga, había sobre nosotros un
tejido familiar denso e imbricado.
Los niños jugaron a descubrir cuáles eran sus abuelos
comunes y también abrieron preguntas sobre algunas ramas que se quedaron ahí,
congeladas en el tiempo.
Con ellos hablamos de la tía Eusebia, una de las hijas
menores de Domingo y Senobia, que en el árbol aparece como una rama que ha
sufrido una poda y que metafóricamente fue así, justamente ella es una de las
mujeres y hombres de nuestra familia que perdieron o no tuvieron un hijo.
De la tía Eusebia les contamos que era una persona muy inteligente,
valiente y divertida. Que cuando tú ibas a su casa y le preguntabas -tía,
¿dónde me siento?- ella siempre respondía -en tu poto-. De los pasteles de
papas que preparaba en un santiamén y de su debilidad por los helados de agua y
las veces que por culpa de esa adicción estuvo a punto de morir por coma
diabético.
Pero también le contamos de sus dolores, de su hijo que
murió de improviso, en plena adolescencia; del sueño de comprarse un traje de
dos piezas como las señoras que ella atendía en sus tiempos de empleada
doméstica; de la paciencia y el agotamiento físico que le generaba estar al
cuidado de su esposo, un panadero mapuche como tantos había en Santiago y que
también, como tantos, fue golpeado por sus patrones, en el caso del tío
Celestino, generándole un daño neurológico irreversible.
Recordamos al tío Pancho, y su esposa, la tía Lucha. De sus
constantes peleas y reconciliaciones. De cómo ella se perdía durante días
completos y solían encontrarle en el hospital, fingiendo malestares, hospitalizada
y de las respuestas tristes que explicaban esa locura temporal; que allí le
atendían bien; que le daban tres comidas diarias, que no debía lavar loza ni
barrer el piso y que todos los días alguien le preguntaba amablemente: ¿cómo
estás?
Les contamos de la iglesia del tío Audilio y de su vozarrón
magistral. De aquella vez que fue a una vigilia en agosto a un templo lejano y
como si fuera un artista renombrado la gente le empezó a pedir más y más
canciones y cuando agotó su reperterio terminó cantando Noche de Paz, generando
gran emoción y alegría en los feligreses allí reunidos.
También agregamos a los que llegaron a vivir en Kilamari, en
las tierras de nuestra Merced. De la Gina con el Marcos, amigos de Julio Molina
Colihueque y del pedazo de terreno que él les ayudó a comprar. De cómo la hija
de ellos y a la vez su hijo Tomás, fue bautizado como uno de nuestros injertos.
Un niño tierno que ahora llama primos a los nietos de Julio.
A la larga, comprendimos que entre todos somos como un gran
árbol, complejo, caótico, pero en constante expansión. Algunas ramas son de
otro color, de algún modo se acoplaron y se quedaron para siempre unidos a la
familia. Formando parte de este gran árbol de podas e injertos que hoy es la
familia Colihueque.

Comentarios
Publicar un comentario