Las muertes trágicas de Kilamari

Fotografía de Aldo Oviedo

Advertencia: Los siguientes relatos se presentan bajo la figura de "parábola", es decir, se trata de una narración breve, de hechos basados en la vida real, que enseñan una lección moral o espiritual, a través de escenarios y personajes ficticios.

 

Clavelina

Un hombre sediento de amor, caminaba por los campos de Kilamari buscando a alguien que le hiciera compañía. Buscó cerca de su hogar y luego más allá y cada vez más lejos hasta que cansado de andar se desmayó.

Al ver Chaw Ngünechen que este hombre sufría, tuvo compasión de su alma y dijo: -Ya no estarás solo, Yo te daré consuelo-  y le envió de regalo a su más humilde servidora: una Clavelina.

Cuando despuntó el alba y el hombre recuperó la conciencia, notó que bajo sus pies había crecido una pequeña flor; era Clavelina. Su corazón se alegró e hizo llelipun dando gracias al cielo.

Y halló tan hermosa a Clavelina, que la arrancó de su tierra y con ella oculta entre sus ropas volvió sus pasos y retornó a su lof, a Kilamari. Y apenas entró a su ruka, dejó su preciada flor en un lugar principal cerca del sol, le cubrió de buena tierra y delicadamente la regó.

Pero a los pocos días, el hombre fue visitado por unos parientes, que envidiosos de la belleza ajena, le recomendaron ocultar a Clavelina.  Él, temiendo que alguien pudiese robar su compañía, les halló razón y sintiendo mucho miedo, guardó la flor en un lugar oscuro y frío.

Lejos del sol, Clavelina se marchitó y poco a poco sus pétalos cayeron hasta que uno solo le quedó.

Terminó el invierno y al ver que su flor desfallecía, el hombre, más triste que nunca, se dio cuenta del error que había cometido. La tomó en sus manos y con ternura la depositó sobre el campo y ahí, cuando el último pétalo se desprendió, el hombre lloró.

Mas al llegar la noche, una brisa primaveral tomó las semillas de Clavelina y las esparció por toda la comunidad.

A la mañana siguiente, la tierra amaneció cubierta de flores y nunca más los vecinos sintieron envidia ni el hombre volvió a ocultar su cariño por temor.

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Fotografía de Aldo Oviedo


Armando

Un niño pequeño, huérfano de madre y padre, fue entregado a un hombre rico del fundo Kilamari, para que aprendiera a trabajar. Su cuidador, que era cruel, le despidió del hogar diciendo: -recuerda que no eres nadie, que eres pobre y morirás pobre. Calla y dedícate a trabajar. Solo así morirás bien-.

Pasaron los años y el hombre rico agradeció al destino, pues su nuevo trabajador era responsable y sumiso.

-Sí patrón, claro patrón- era todo lo que el joven decía.

Pero a veces, de noche, cuando había luna llena, una antigua melodía inflaba el pecho de Armando, que, llevado por esa delicada e imprevista felicidad, comenzaba a cantar.

Un día, sin querer, en plena obra, se le escapó a través del silbido esa canción. Sus compañeros al escuchar, se burlaron de él y lo acusaron ante el patrón diciendo que Armando estaba muy distraído.

El muchacho recordó la instrucción que le habían dado de niño y se odió profundamente. Tanto, que prometió lo siguiente; cada vez que esa melodía saliera de su corazón, él se iba a golpear fuerte en la cabeza.

Mucho tiempo después, casado y con hijos, Armando seguía siendo el favorito del patrón. –Me agradas porque eres callado, a mí no me gusta que me lleven la contraria- le decía cada cierto tiempo el hombre rico, obligándole, además, a trabajar más horas sin descanso.

Lo que nadie sabía, era que él, mientras más viejo se hacía, más fuerte le asaltaba la melodía. Los golpes en la cabeza ya no surtían efecto, pues la canción salía de su garganta a todas horas, en sueño y vigilia.

Entonces, para estar a solas con el sonido que le atormentaba, comenzó a tomar los trabajos más riesgosos.

Hasta que un día, cuando ya estaba por llegar el otoño, el patrón mandó a podar el árbol más alto del fundo, un peligroso coigüe de 40 mt.

Los empleados rechazaron el trabajo, pues el riesgo de caer era seguro. Y sucedió que el hombre rico se enojó con todos y los trató de flojos y cobardes, ingratos que no merecían el pedazo de tierra gratuita que les había prestado. –Si no podan ese árbol, se me van todos del fundo- les amenazó por última vez.

Mas donde todos vieron un callejón sin salida, Armando vio una oportunidad. Resignado a su destino, se ofreció a subir el coigüe para cortar las ramas y quien sabe, acallar para siempre la canción que se le había metido en el cuerpo.

Entonces, se adentró en el bosque, trepó el árbol y lentamente comenzó a subir y a medida que se aproximaba a la copa, con mayor detalle escuchaba la melodía, hasta que a metros de llegar a la cima se dio cuenta que la canción no le desagradaba, que se había reconciliado con ella. Al llegar al punto más alto, vio todo con claridad. Cantó por última vez y tal como había dispuesto, al terminar de cantar se dio el último golpe de cabeza.

En las hojas del coigüe quedaron grabadas algunas notas, que el viento, a veces hace sonar. Dicen que la melodía quedó ahí, para los tristes, para los hombres-niños que aún extrañan los cantos de su mamá.

 

FIN 

 

 

 

 

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