Las muertes trágicas de Kilamari
Advertencia: Los siguientes relatos se presentan bajo la
figura de "parábola", es decir, se trata de una narración breve, de
hechos basados en la vida real, que enseñan una lección moral o espiritual, a
través de escenarios y personajes ficticios.
Clavelina
Un hombre sediento de amor, caminaba por los campos de
Kilamari buscando a alguien que le hiciera compañía. Buscó cerca de su hogar y
luego más allá y cada vez más lejos hasta que cansado de andar se desmayó.
Al ver Chaw Ngünechen que este hombre sufría, tuvo compasión
de su alma y dijo: -Ya no estarás solo, Yo te daré consuelo- y le envió de regalo a su más humilde
servidora: una Clavelina.
Cuando despuntó el alba y el hombre recuperó la conciencia, notó
que bajo sus pies había crecido una pequeña flor; era Clavelina. Su corazón se
alegró e hizo llelipun dando gracias al cielo.
Y halló tan hermosa a Clavelina, que la arrancó de su tierra
y con ella oculta entre sus ropas volvió sus pasos y retornó a su lof, a
Kilamari. Y apenas entró a su ruka, dejó su preciada flor en un lugar principal
cerca del sol, le cubrió de buena tierra y delicadamente la regó.
Pero a los pocos días, el hombre fue visitado por unos
parientes, que envidiosos de la belleza ajena, le recomendaron ocultar a Clavelina. Él, temiendo que alguien pudiese robar su
compañía, les halló razón y sintiendo mucho miedo, guardó la flor en un lugar
oscuro y frío.
Lejos del sol, Clavelina se marchitó y poco a poco sus
pétalos cayeron hasta que uno solo le quedó.
Terminó el invierno y al ver que su flor desfallecía, el
hombre, más triste que nunca, se dio cuenta del error que había cometido. La
tomó en sus manos y con ternura la depositó sobre el campo y ahí, cuando el último
pétalo se desprendió, el hombre lloró.
Mas al llegar la noche, una brisa primaveral tomó las semillas
de Clavelina y las esparció por toda la comunidad.
A la mañana siguiente, la tierra amaneció cubierta de flores
y nunca más los vecinos sintieron envidia ni el hombre volvió a ocultar su
cariño por temor.
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Armando
Un niño pequeño, huérfano de madre y padre, fue entregado a
un hombre rico del fundo Kilamari, para que aprendiera a trabajar. Su cuidador,
que era cruel, le despidió del hogar diciendo: -recuerda que no eres nadie, que
eres pobre y morirás pobre. Calla y dedícate a trabajar. Solo así morirás
bien-.
Pasaron los años y el hombre rico agradeció al destino, pues
su nuevo trabajador era responsable y sumiso.
-Sí patrón, claro patrón- era todo lo que el joven decía.
Pero a veces, de noche, cuando había luna llena, una antigua
melodía inflaba el pecho de Armando, que, llevado por esa delicada e imprevista
felicidad, comenzaba a cantar.
Un día, sin querer, en plena obra, se le escapó a través del
silbido esa canción. Sus compañeros al escuchar, se burlaron de él y lo
acusaron ante el patrón diciendo que Armando estaba muy distraído.
El muchacho recordó la instrucción que le habían dado de
niño y se odió profundamente. Tanto, que prometió lo siguiente; cada vez que
esa melodía saliera de su corazón, él se iba a golpear fuerte en la cabeza.
Mucho tiempo después, casado y con hijos, Armando seguía
siendo el favorito del patrón. –Me agradas porque eres callado, a mí no me
gusta que me lleven la contraria- le decía cada cierto tiempo el hombre rico,
obligándole, además, a trabajar más horas sin descanso.
Lo que nadie sabía, era que él, mientras más viejo se hacía,
más fuerte le asaltaba la melodía. Los golpes en la cabeza ya no surtían
efecto, pues la canción salía de su garganta a todas horas, en sueño y vigilia.
Entonces, para estar a solas con el sonido que le
atormentaba, comenzó a tomar los trabajos más riesgosos.
Hasta que un día, cuando ya estaba por llegar el otoño, el
patrón mandó a podar el árbol más alto del fundo, un peligroso coigüe de 40 mt.
Los empleados rechazaron el trabajo, pues el riesgo de caer
era seguro. Y sucedió que el hombre rico se enojó con todos y los trató de
flojos y cobardes, ingratos que no merecían el pedazo de tierra gratuita que
les había prestado. –Si no podan ese árbol, se me van todos del fundo- les
amenazó por última vez.
Mas donde todos vieron un callejón sin salida, Armando vio
una oportunidad. Resignado a su destino, se ofreció a subir el coigüe para
cortar las ramas y quien sabe, acallar para siempre la canción que se le había
metido en el cuerpo.
Entonces, se adentró en el bosque, trepó el árbol y
lentamente comenzó a subir y a medida que se aproximaba a la copa, con mayor
detalle escuchaba la melodía, hasta que a metros de llegar a la cima se dio
cuenta que la canción no le desagradaba, que se había reconciliado con ella. Al
llegar al punto más alto, vio todo con claridad. Cantó por última vez y tal
como había dispuesto, al terminar de cantar se dio el último golpe de cabeza.
En las hojas del coigüe quedaron grabadas algunas notas, que
el viento, a veces hace sonar. Dicen que la melodía quedó ahí, para los tristes,
para los hombres-niños que aún extrañan los cantos de su mamá.
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