Los Sueños Imposibles de Audilio Colihueque

Imagen cedida por Aldo Oviedo Tejo

Serie de relatos de proyecto "Historias de Kilamari"

I

En los años 70', la gestión de la espiritualidad en Kilamari estaba a cargo de dos iglesias cristianas: una capilla católica y la Iglesia evangélica Alianza Cristiana y Misionera, una asociación cristiana internacional de iglesias evangélicas proveniente de Estados Unidos, fundada en 1887 y con presencia en Chile desde 1897. 

Hasta mediados de la dictadura cívico-militar chilena, ambas religiones gobernaban las almas de mapuche e inquilinos por igual, de forma rígida, disciplinada, sin contrapesos. No obstante, entre las dos, la más popular en Kilamari era la iglesia Alianza, quedaba más cerca y era preferida entre la gente del sector por su repertorio musical clásico y conmovedor como ese gran himno evangélico "Firmes y Adelantes"; su coro de voces y las visitas esporádicas de misioneros gringos que de vez en cuando arribaban al sector hablando un español torpe, que generaba mucha expectación.

En esos años, las iglesias rurales de la "Alianza" eran administradas desde una zona urbana, en este caso Temuco. Allí, a más de 100 km de Kilamari, unas personas que yo por lo menos nunca conocí ni logré saber ni cómo se llamaban, designaban un pastor que, entre sus roles principales, estaba oficiar presentaciones de niños, casamientos, funerales, etc. Por lo general, esa autoridad espiritual que en el campo se aceptaba como un enviado del Señor Dios; visitaba a su redil por lo menos una vez al mes, ocasión que la gente celebraba con gran entusiasmo. En esas jornadas, se hacía un culto en la mañana y generalmente en la tarde un almuerzo con mucha, muchísima comida, casi toda proveniente de las huertas y corrales de los propios hermanos. Los niños también participaban en ocasiones presentando números especiales como lecturas bíblicas, coreografías, representaciones dramáticas de escenas de la biblia o canciones en mapudungun.

Dicen que en esos años ocurrió un episodio muy simpático que se recuerda hasta hoy. Un grupo de jóvenes dramatizó la historia del hijo pródigo. Pero en el momento final, cuando el hermano que ha permanecido leal se enoja por la gran bienvenida que dan a su hermano gozador, y el padre le insta a celebrar en familia el retorno del hijo perdido, en ese instante de mayor emoción: el actor olvidó el parlamento y de puro nervio comenzó a dilatar la escena. -Entra hijo, por favor- decía el actor que interpretaba al padre, pero el desmemoriado artista, que parecía haber abandonado de golpe el planeta Tierra, se quedó mudo y congelado. El actor-padre insistió nuevamente: -Hijo, por favor entra- y el joven nada, en blanco. Esto duró varios segundos, desconcertando a toda la congregación que esperaba impaciente el término de la obra. De pronto el público, desde la galería comenzó a gritar –entra luego hombre-, y otras voces; -no se quede ahí peñi, haga juicio-, hasta que una señora mayor, aburrida del nulo avance del drama, increpó al olvidadizo gritándole a todo pulmón: -entra luego pos aweonao!- dando así por terminada la obra y generando una risotada general en toda la iglesia.

El resto del tiempo, cuando la pesada rutina volvía a Kilamari, la iglesia quedaba a cargo de un feligrés, un hermano igual que el resto pero que de improviso, investido de un poder temporal comenzaba a gobernar las almas. Generalmente se elegía a un hombre responsable, absolutamente leal y comprometido a un nivel cercano al fanatismo. Según unos parientes izquierdosos, se le dejaba a cargo de la iglesia como quien maneja un fundo y deja a un capataz, alguien que, en ausencia del patrón, le representa en todos los sentidos.

Audilio Colihueque y su esposa Rosa Jaramillo, eran una de las tantas familias de Kilamari que asistía a la Alianza. Eran leales, comprometidos, responsables, devotos, pero nunca fueron elegidos para ser encargados, pues algo había en ellos que no convencía al pastor. Quizás un exceso de entusiasmo, un desborde religioso, un espíritu rebelde muy antiguo, una memoria mapuche de los tiempos de resistencia española, nadie sabe.

Lo que no se puede negar, es que ambos, juntos, puestos uno al lado del otro, transmitían una onda distintiva, única. Audilio, era según un par de primos, el hombre más fuerte y alto de todo Kilamari, dueño de un torso de dos cuerpos y unos brazos que sin mayor esfuerzo podían cargar 80 kilos de harina por hasta 10 kilómetros sin descansar. Destacaba también, por su tremendo vozarrón y gran memoria. Como dicen los jóvenes, se paseaba por casi todo el himnario de la Alianza, más de 100 canciones en total. Tú le decías un número del libro de himnos y él recitaba la canción completa, es más, la cantaba con gran emoción, dejando escapar a veces un par de lágrimas.

La señora Rosa, por el contrario, era de estatura muy pequeña, de formas redondeadas y piernas gruesas. De lejos parecía un niño un tanto pasado de peso de unos ocho años. Pero lo que le faltaba de estatura lo tenía de personalidad y buen humor. Era de talla rápida, sorprendente, pícara, que contrastaba con un rostro simpático y cachetón donde destacaban sus pómulos tiernos que daban ganas de pellizcar. Solía vestir ropa de tonos primaverales y usaba a menudo unas faldas plisadas largas, floreadas. Acompañaba el atuendo con zapatos tipo reina, taco medio –de esos que no se hunden en el camino de tierra- y un chaleco rojizo, con bolsillos, siempre abierto a pesar de los botones.

Audilio, era estridente, barroco, inmenso, concreto. Rosa, en cambio parecía estar a la sombra, modelando las ideas de su esposo, apoyándole a través de susurros.

 

II

A más de cuarenta años de los hechos, Eva Colihueque Jaramillo, hija de Rosa y Audilio, saca de su memoria las razones que permitieron levantar la primera iglesia autónoma de Kilamari, una organización diseñada para funcionar bajo sus propios términos, sin una opresiva autoridad que los estuviera mandando.

Recuerda Eva que…

Mi mamá fue la de la idea inicial, fue la Rosa Jaramillo. Un día ella se paró, en plena pampa, después de salir de una tremenda discusión que hubo en la Iglesia Alianza, que se produjo en medio la reunión de mujeres. Ella iba de vuelta a casa acompañada de tres primas cercanas y quedaron ahí a mitad de camino, en el campo, hablando de lo que había pasado. Estaban muy molestas por la actitud del encargado de la iglesia, don Francisco Colihueque. Tanto que mi mami les preguntó a sus amigas ¿Qué vamos a hacer?

Según Eva Colihueque, el problema que tenían contra el encargado es que no daba espacio para que otras personas pudieran tener responsabilidad. Él estaba metido en todo, en las mujeres, en el coro, predicaba, todo lo hacía él. Y no era porque no había más gente, al parecer era su manera de ser nada más, agrega Eva.

Ese día, el de la reunión de mujeres, las hermanas habían manifestado interés en organizar un beneficio, una venta de comida que ellas mismas iban a preparar, pero él intervino en contra diciéndoles: ¿Para qué van a hacer eso?, ¿A quién se las van a vender?, ¿A los pájaros?

Fue este ninguneo el que desató la salida de la iglesia. Pero como ocurre entre los evangélicos, ellas no optaron por abandonar la religión de manera definitiva, se les ocurrió algo mejor: hacer su propio culto.

II

Eva se enfoca en ese lugar, en esa pampa y recuerda los diálogos más importantes que ella de niña, escuchó decir a esas cuatro primas que harían historia. Su madre, Rosa Jaramillo dice que dijo: -oye cabras, ¿saben? yo tengo un cuñado que es pastor, podríamos hacer un culto en mi casa, yo puedo hablar con mi cuñado que vive en Loncoche…- y las primas súper contentas con la idea, dijeron a coro: ¡qué bueno!

Rosa Jaramillo fue en esos mismos días a Loncoche, a hablar con su cuñado y él aceptó de inmediato el desafío, y así en un pequeño lapso de tiempo se empezaron a hacer cultos en la casa del matrimonio Colihueque-Jaramillo.

Julio Molina Colihueque, uno de los tantos primos de Audilio, y por esas fechas un adolescente enrabiado con el mundo; de hecho, vaciló entre salir a tomar fundos o ser canuto pero eligió el reino de los cielos como su patria emotiva después de escuchar en un mitin, que Aukan Huilcaman trataba de híbridos y poco mapuche a los mestizos como él; recuerda que esos cultos eran hermosos, concurridos y juntaban a mucha juventud. Asistía gente que trabajaba en los fundos cercanos, obreros chilenos que vivían en el sistema de inquilinaje y, también mapuche de comunidad, de esos que vivían y viven aún arrinconados en montes y quebradas.

Entonces, ir a la iglesia estaba de moda porque dependían principalmente de ellos mismos, de mantener como se les antojara la llama pentecostal. El cuñado-pastor venía de vez en cuando los fines de semana, pero en la semana se las arreglaban entre los que vivían cerca de Kilamari. Sin mucha experiencia, autoasumidos como “iglesia misionera”, salían a predicar, visitaban hogares, oraban y alertaban a los inconversos de los peligros de caer en la tentación del pecado. “Teníamos más fe que evangélico nuevo”, recuerda nostálgico Julio Molina.

En una ocasión, Audilio pasó a buscar a su primo chico Julio, que en pocos meses ya se había convertido en una especie de acólito, un asistente, un goma del canutismo, con la misión de ir a predicar donde unos familiares inconversos. –Vamos a ir donde la tía Aurora que necesita del Señor y que descanse su alma- le comunicó Audilio en el tono militar que le caracterizaba. Y es que dato al margen, Audilio había estado tres años haciendo el servicio militar, así que la disciplina se le había encarnado y no le abandonaría jamás.

Esas salidas eran extenuantes, recuerda Julio Molina. Caminaban por lo bajo unos diez kilómetros y en esos recorridos Audilio aprovechaba de enderezar a su primo, pues veía potencial en él. A veces lo retaba, lo amenazaba con el infierno y en otras le hablaba del más allá y de un lugar hermoso que les aguardaba después de la muerte.

Aunque en esta vida no tengo riquezas,

sé que allá en la gloria tengo una mansión.

Cual alma perdida, entre las pobrezas,

de mí Jesucristo tuvo compasión.

 

//Mas allá del sol,

mas allá del sol,

yo tengo un hogar,

hogar, bello hogar

más allá del sol//

 

La gente del sector enganchaba rápidamente con el evangelio y la promesa de ese famoso himno pues en esta vida de carne y hueso, tanto mapuche como inquilinos sufrían un sinnúmero de injusticias y extrema pobreza.

Cuenta Julio Molina, que ese día, cuando llegaron a la casa de la tía Aurora, la señora salió de su hogar un tanto molesta a recibirles, pues en vez de tocar la puerta, los primos devotos se habían plantado con una especie de megáfono hechizo afuera del hogar a orar por ella y gritar versículos bíblicos.

-Ah, eran ustedes que andaban metiendo bulla-, les dijo fastidiada la tía Aurora. –Sí-, respondió el Audilio, -andamos predicando el evangelio porque nosotros somos misioneros- agregó. Y entonces la tía Aurora remató –sí, aquí pasan misioneros también, unos gringuitos pero a esos les creo yo, a ustedes no porque son muy feos- y con esa frase los despachó.

 

III

Los cultos en el hogar de Rosa y Audilio se extendieron por un año y se hicieron famosos porque seguía llegando gente. Iban los Colihueque de Kilamari, los Collileo, y también de los fundos cercanos, como un muchacho que trabajaba de inquilino y que era oriundo de Concepción, los Fierros, los Martínez, los trabajadores de la lechería Pedro Betanzo y Hernán Galaz y más.

Como el espacio se hizo pequeño para tanta gente que no paraba de llegar, se juntaron todos y acordaron levantar un templo ahí mismo, en el terreno de don Audilio. Lo hicieron en base a donaciones, con lo poco que tenían. Usaron material ligero: en el revestimiento exterior utilizaron papelillo, en el techo fonola, que fue regalado por Rosa Jaramillo tras vender su única vaca lechera. La madera fue regalada por René Fuentes, dueño del fundo Muquen; y Francisco Crot, de la lechería puso el flete para comprar el revestimiento exterior.

En apenas tres meses, ya tenían lista la construcción, que según testigos quedó muy bonita porque todos los que ayudaron eran connotados maestros carpinteros.

Toda la congregación ofreció trabajo y dinero para construir ese templo. Dicen que el padre de Audilio, el tío Pancho estaba muy orgulloso de lo que se había logrado comunitariamente y de lo que había provocado su hijo.

En poco tiempo, se creó un coro que tenía acordeón, guitarra, voces y otros instrumentos. Se aprendía de “oído” no había escuela. Pero a diferencia de la iglesia anterior, cualquier integrante podía asumir un compromiso, ponerse a prueba, formar parte de un grupo.

Duró poco más de diez años este pololeo divino entre la iglesia y el Señor. Hasta que el “malo” como le dicen en Kilamari al demonio, a las huestes de Lucifer, atacó al líder o para ser exactos a la hija del pastor. Cuando no se pudo seguir ocultando que la muchacha había quedado embarazada sin haberse comprometido en matrimonio, un pecado muy grave que se llama fornicación, la iglesia empezó a decaer.

Una pequeña semilla, apenas un feto fue capaz de romper toda la estructura comunitaria y religiosa. Nadie celebró la vida, todos se enfocaron en la gravedad del pecado.

La gente empezó a cuestionar al pastor y su capacidad de dirección, pues dice la Biblia que quien no puede gobernar su propia casa tampoco puede gobernar una iglesia. –Ahora los embarazos se ven con naturalidad, es más aceptado pero antes no… se veía como algo grave, una transgresión- apunta Julio Molina. Por su parte, Eva Colihueque agrega que en esos tiempos era más tabú todo, y por sobre cualquier incidente, lo era el embarazo de una joven: eso era de lo más vergonzoso.

 Es necesario aclarar que muchas personas iban a la iglesia por no tener nada mejor que hacer. En esos tiempo ir donde Audilio era sinónimo de adrenalina, buena música, juventud desbordante, afecto, comunidad e incluso comida. –Siempre ha sido así-, comenta Julio Molina que a sus más de 65 años es reconocido como un pastor evangélico. En las iglesias hay conversos y observadores. Si los convencidos flaquean, toda la iglesia se derrumba.

 A medida que avanzaba el embarazo, la tensión en la iglesia comenzó a aumentar. Como si la explosión de la vida corriera en línea paralela al término de esta aventura espiritual. Para peor, aumentaron los embarazos, la vida se viralizó, produciendo más confusión entre todos.

 Eva Colihueque dice que, en ese corto período, los adultos se dejaron llevar por la pena. Se habían enamorado del proyecto, de ser autónomos, de haber tenido una iglesia ajustada a lo que ellos creían que debía ser. No pudieron soportar el caos que viene siempre con la nueva vida. Les aplastó la incertidumbre.

El templo construido en el predio de Audilio quedó vacío, la gente se alejó, no quiso ir más. Hasta que un día cualquiera, llegó a Kilamari el cuñado pastor, don Benito Briceño. No venía solo, llegó con un camión y una pareja de carabineros y durante toda esa jornada desarmaron la construcción, subieron todo el material al camión y ya al final del día desaparecieron para siempre.


Imagen cedida por Aldo Oviedo Tejo

La familia de Audilio permaneció todo el día viendo ese triste espectáculo. Rosa ni siquiera pudo recuperar sus preciosas fonolas; ni su casa tenía un material tan elegante. Eva recuerda también, que su padre intentó hablar con el pastor Briceño, quería saber adónde se llevarían todo ese material donado, pero nadie respondió. De hecho, hasta el día de hoy no saben dónde fue a parar.

Pasaron más de treinta años antes que la población de Kilamari nuevamente se animara a crear una iglesia propia. Julio Molina, el heredero de la visión espiritual de Audilio, de aquel sueño imposible de autonomía y fe, se encargó de concretar ese proyecto. Pero Julio casi muere en el intento, porque al poco tiempo de levantar una iglesia, su hija mayor, la matea del curso, la que sacaba mejores notas, su orgullo personal de padre, cayó de pronto bajo el embrujo de un extraño demonio y se puso rebelde. El trauma emergió con toda su fuerza, porque la hija del pastor Julio se había puesto a pololear a escondidas y encima con un pariente, así que muchos pensaron que esa fuerza caótica terminaría en un embarazo y en el término de la iglesia.

El tiempo pasó y la rutina se impuso. No hubo embarazos en ese momento y no hubo ninguno hasta casi diez años después de fundada esa nueva iglesia. Hasta que un día, una familia atribulada le contó al pastor que su hija preferida guardaba una nueva vida y que estaban avergonzados, sentían el pecado respirándoles en la nuca.  Pero la lección ya estaba aprendida y los tiempos eran distintos. Esta vida se debía celebrar, traía felicidad.

En un par de años la población de Kilamari aumentó y tal como se sostiene un bosque a través de los años, llegó el renuevo, el brote tierno.

-Dios es soberano y solo él conoce sus planes- reflexiona Julio Molina, de seguro pensando en esos días en que junto a su primo Audilio, caminaban por los campos, hablando del Señor.

 

 FIN

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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