Vida y Muerte de Rantul

 

Imagen referencial creada con IA

Serie de relatos de proyecto "Historias de Kilamari"

Rantul, la gata que murió luchando

Cuando Felipe tenía diez años, vivía junto a su familia en una humilde casa de tablas viejas, un techo que se goteaba por todos lados cada vez que llovía y, una cocina a leña que él junto a sus hermanos mayores intentaban mantener encendida.

Pero Felipe, o más bien el “Pilo” como era conocido en el ambiente, tenía algo inusual: a pesar de la pobreza, él se destacaba por ser un niño alegre, inteligente, amante de todos los animales y osado. Por ejemplo, le gustaba subir a los árboles y saltar de rama en rama como si fuera un mono del Amazonas; subirse arriba de un chancho y hacer carreras con otros niños o ir al estero Kilamari a tratar de sacar guarisapos con las manos.

También se le podía reconocer desde lejos por un atuendo que solía usar indistintamente en invierno y verano: pantalones cortos, polera sin mangas y botas de goma.

Su madre festejaba sus aventuras y decía que era un niño salvaje como el famoso Mowgly y atrevido como Tom Sawyer. Le decía, además, que en el campo se puede vivir con muy poco, pero nunca sin una gallina, un perro y una gata.

Y fue justamente con estos tres amigos que el Pilo vivió su más bella infancia.

La gallina Tonka

En esos tiempos, cuando el Pilo era niño, la gente del campo solía bautizar a sus animales con los nombres de personas famosas que salían principalmente en televisión. El sistema funcionaba un poco de esta manera: se observaba al animal y de acuerdo a la característica más llamativa en su comportamiento o forma de ser, le asignaban el nombre del famoso reconocido por esas mismas cualidades.

La Tonka, una de las tantas aves de corral que tenía la familia del Pilo, era a diferencia del resto, extremadamente flaca y distraída. Y dado que tanto a la modelo como al ave les faltaba carne, y que la gallina era un poco estúpida; sumado además, a que el nombre Tonka se parece mucho a la palabra tonta, la pobre gallina quedó bautizada de esa forma para el resto de su vida.

El Perro Pompocho

El segundo mejor amigo del Pilo, era el Pompocho, un perro border collie, ágil, inteligente, capaz de saltar cualquier cerco, un verdadero acróbata. Apareció de repente, mientras el Felipe volvía a casa de sus aventuras en el monte y como nadie de la comunidad lo reclamó, el Pompocho se quedó en la casa de él, para siempre.

La Rantul

El origen de la gata Rantul, su tercera amiga, fue polémico. Según las malas lenguas, nació fuera del matrimonio entre la gata Princesa y el gato Cachipurri.

Sucede que la Princesa era cazadora y acostumbraba salir al bosque por ratones y pajaritos. El Cachipurri en cambio, era tremendamente flojo y comilón. No le gustaba salir a ningún lado, su único deseo era estar cerca de la cocina a leña, ronroneando.

Hasta que una primavera, Princesa volvió del monte embarazada y cuando nacieron los gatitos, todos se parecían a Cachipurri… menos una.

La Rantul era la única gata negra, flaca, inquieta, de mirada curiosa, de toda la camada. Sus ojos eran como dos llamas y parecía que un espíritu antiguo la dominaba.

Desde muy pequeña, esa gata mostró una agilidad anormal. A los pocos meses ya robaba comida y lo hacía como un ninja, no se le veía ni la sombra. Las sopaipillas, el pan caliente, la carne cruda, pasaban susto. La Rantul no tenía límites.

Una vez, llegó de visita a la casa del Pilo un pariente de Santiago. Trajo comida y entre las cosas más ricas, un paté muy caro. Mientras lucía sus compras, el ingenuo santiaguino las puso en la mesa hasta que de pronto zas, a los tres segundos, Rantul hizo desaparecer el paté. Desde lejos, fuera del alcance humano, dicen que se vio a la gata arrancando con el envase ya vacío.

Ese mismo verano, el Pilo y su padre decidieron que la gata merecía un entrenamiento militar especial. Los ejercicios incluían lo siguiente:

·       Circuitos de colihues. La Rantul debía cruzar de un lado a otro, solo con las patas delanteras.

·       Saltos por un aro de alambre, imaginando que alrededor tenía fuego. Y,

·       Boxeo a dos patas, con golpes de lomo y zarpazos en las orejas.

La gata parecía disfrutar cada prueba. El papá de Pilo alentaba a Rantul diciéndole: -si pasas este ejercicio, serás la comandante en jefe de la Tonka y el Pompocho-.

El Pompocho al oír su nombre, saltaba de alegría con la lengua afuera. La Tonka en cambio, se quedaba pegada mirando el suelo, absorta en el mundo de las tijeretas.

Y así empezó la leyenda.

El zorro avellanado versus la Rantul

Un atardecer, mientras la familia del Pilo juntaba avellanas para comer en invierno, apareció un zorro joven con pinta de pocos amigos. Pompocho, lo fue a espantar, pero no tuvo éxito así que de inmediato reculó, dando a su vez un ladrido cobarde, como pidiendo auxilio a su comandante en jefe. De pronto, casi en ese mismo instante, Rantul saltó de una rama de hualle hacia el impertinente zorro, poniéndose de inmediato en dos patas y con las otras dos en posición de boxeo, como borracho violento que ofrece combos. El zorro quedó espantado y huyó del lugar.

El Pilo y su padre aplaudieron a rabiar, la tomaron en brazos y le ofrecieron las más altas condecoraciones por su destacado servicio al pueblo.

La Patrulla Nocturna

En invierno, de noche, aunque el agua cayera como diluvio, la Rantul hacía rondas por alrededor de la casa.
Pero sucedió una vez, que cerca de la medianoche, se comenzó a oír un tremendo escándalo en el gallinero.

El Pilo, que solía dormir en puros calzoncillos, se levantó rápidamente, se puso las botas y así como estaba salió de casa a ver qué sucedía. Le preocupaba sobremanera la Tonka, la más estúpida de todas las gallinas. Cuando ya estaba a metros del corral disminuyó la marcha, tratando de advertir en la oscuridad de la noche sin luna, el motivo de tanta alharaca. De pronto, percibió a dos perros callejeros, rabiosos, hambrientos, de seguro con la baba cayéndoles entre los colmillos.

Afortunadamente, notó que casi todas las aves habían logrado salir, pero claro, habían arrancado casi todas menos la Tonka, que distraída como siempre, se había quedado pegada mirando el suelo.

-Amutuy lafken querida Tonka- pensó entre sí el Felipe. No había forma de que esa gallina saliera del corral con vida.

De pronto, justo arriba de la Tonka, en el palo gallinero apareció Rantul.

Ni los perros alcanzaron a reaccionar. El Pilo dice que con mucho esfuerzo pudo ver arañazos, garras que rajaron piel de la nariz y las orejas de los invasores. Cuando los perros agacharon la cabeza de dolor, la Rantul se paró en dos patas y erizó toda la piel como diciéndoles, -aquí estoy, vengan de a uno-.

La victoria fue total, los perros terminaron huyendo como se dice popularmente, con la cola entre las patas.

Cuando el Felipe volvió a casa y le contó a su mamá lo que había visto, ella le dijo:

-Esa gata está hecha de algo más que carne y hueso-


La cueva de los hualles

A veces, sin razón, Felipe, se ponía muy triste y como no le gustaba que le vieran apenado, se iba a un bosque de hualles que había detrás de su casa, y ahí tranquilo y lejos de todos, se ponía a llorar.

Una tarde, mientras soltaba el huacho, como le dicen en el campo a ese tipo de pena, El Pilo sintió algo muy suave y tibio entre sus piernas. Era Rantul.

La gata, poco dada a los afectos, se acostó, ronroneó y le acompañó hasta que el Pilo recuperó su alegría.
No importa cuántos años pasen: ese fue uno de los actos más tiernos que Felipe, en su infancia, logró disfrutar.

 

La maternidad y el temporal

Al año siguiente, sin decir agua va, la Rantul despertó con un montón de crías maullando alrededor. Tuvo como seis gatitos, todos iguales a ella.

-Quién habrá sido el pobre fatal- bromeó el papá de Pilo, sin que él ni sus hermanos entendieran el chiste.

Le dieron leche, la acomodaron a ella y sus gatos chicos arriba de una manta suave y los dejaron a todos juntos adentro de una caja de cartón, al lado de la cocina a leña.

Ese mismo día en la tarde, llegó una vecina que, tras ver a esos gatitos tan exquisitos, ofreció llevarse unos cuantos a su hogar.

La familia se reunió, discutió y al final entendieron que era imposible mantener en casa a la Rantul y sus clones.

Así que entre todos agarraron la caja, la taparon con alambre y cinta de embalar y mandaron a la Rantul con todos sus hijos de pecho a la casa de la tía.

A medianoche, se desató un temporal de proporciones bíblicas, de viento, granizo y lluvia. –Pobre Rantul- pensó Felipe, -ojalá se acostumbre donde mi tía- y con esa idea en la mente se volvió a dormir.

Pero cerca de las 2 o 3 de la madrugada, escuchó ruidos en su pieza. Despertó asustado, sintiendo un poco de presión a la altura de los pies. Revisó por encima de las frazadas, y casi da un salto de emoción, ¡encontró a los hijos de la Rantul, todos mojados arriba de su cama! Y detrás de ellos, empapada hasta los huesos, temblando de orgullo, a la mejor gata del mundo mundial. La legendaria Rantul.

Rantulñuke

Rantul en versión madre era una cosa como dicen los españoles: flipante. Ella no criaba gatos, entrenaba sargentos. Les llevaba pajaritos, ratones y bichitos voladores. Les mostraba cómo moverse, cómo acechar, cómo sobrevivir. A los pocos meses, los clones de Rantul se movían como ella; robaban como los lanzas de Estación Central y se paraban en dos patas tirando zarpazos a velocidad karateca.

De lejos, don Pompocho, observaba alegremente a los gatitos y hacía piruetas de felicidad

El último combate

A veces la Rantul, sus clones, el subordinado Pompocho y la distraída Tonka salían a buscar al Pilo, al monte. Generalmente ahí le encontraban colgando de cabeza de una rama de árbol o jugando a la puntería con algún tarro viejo de café.

Fueron días alegres, de esa felicidad que se aprecia mucho tiempo después, en la adultez. Hasta que de golpe, como suelen terminar las cosas buenas para el alma, esa rutina terminó.

Ocurrió una tarde despejada, de sol tibio, de brisa ligera. 

Iban todos caminando lentamente de vuelva a la casa de Felipe; la Rantul con sus crías adelante, el Pompocho como guardaespaldas, y la Tonka en brazos porque si no, se perdía. De repente, a la vuelta del camino, comenzaron a escuchar a dos perros labradores que peleaban a muerte.

Y entre medio del polvo, los colmillos, de la gran trifulca, rodando entre las patas de los perros, uno de los clones de Rantul.

Ella no dudó.
Se lanzó como en sus mejores tiempos: garras, colmillos, coraje puro. Defendió, peleó, resistió…

Pero ya no era la misma de antes. Su cuerpo de madre a tiempo completo y líder de los sargentos de la compañía rantuliana, no aguantó la fuerza de los perros grandes.

Rantul cayó como un guerrero cae en su última batalla.

La despedida bajo el castaño

Cuando la Rantul estaba viva y el tiempo era propicio, ella se retiraba a solas debajo de un castaño a mirar el atardecer. Ahí, en ese mismo lugar, donde quien sabe, la gata planeaba su futuro o se preguntaba por el ser, fue enterrada con honores militares, valga la aclaración; según un par de películas que el padre de Felipe había visto hacía muchos años, en Santiago.

Padre e hijo, admiradores de tan excepcional gata, le armaron una pequeña urna, cavaron un hoyo profundo, y la afirmaron con alambre a la madera, de la forma que les causaba más gracia; erguida, parada en dos patas; como boxeadora.

El papa del Pilo se encargó de las palabras finales.  Cuando arrojaron el último puñado de tierra, y Felipe imitó el sonido de la trompeta final, el padre dijo:

—La Rantul no fue una gata. Fue una leyenda del bosque. 


Autor: Dámaris Molina, en colaboración con Felipe Molina. 

Fin

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